Gente que nos lee

miércoles, 13 de julio de 2011

Suerte, de corazón (Por Nadia, dedicado a Belén)

Me ofrecí a llevarla en mi coche, no me importaba que el precio de la gasolina hubiese subido. Tan sólo quería la escusa de llevarla para pasar un poco más de tiempo a su lado.
Llegamos a la estación de autobuses antes de tiempo ya que el tráfico era escaso a esas horas de la mañana. Eran las ocho menos diez, aún lo recuerdo bien. Nos bajamos del coche, abrí el maletero y saqué las tres maletas. Ella se encargó de llevar dos; yo tan sólo pude coger una, no me dio otra opción.
Caminamos y entramos en una cafetería que había dentro de la estación. Yo la miraba y sabía con certeza que intentar disimular la pena y el dolor que reflejaban en esos instantes mis ojos oscuros sería imposible.
Ella me cogió de la mano sonriéndome, diciéndome que no iba a olvidarme jamás. Yo quería creerla, pero me dolía tanto que sus palabras no acababan de convencerme.
Sus ojos oscuros y grandes, su nariz pequeña y graciosa, su sentido del humor, su locura y sus ganas de vivir iban a desaparecer de mi vida, y yo tenía que hacerme a la idea.
Se iba. Se iba de la ciudad donde habíamos compartido nuestra infancia, posiblemente para no volver jamás. Pero tenía que irse a estudiar, debía continuar con su vida.
Yo me sentí egoísta, no quería perderla. No quería que desapareciese así, sin más. Pero yo sabía que era su destino, irse para estudiar una carrera en la cual triunfaría. También sabía que, un año más tarde, yo haría lo mismo. Pero era ella la que se iba primero.
Compartí tantos años de mi vida con ella, mi mejor amiga, que no podía hacerme a la idea de su marcha.
Las horas en la cafetería sirvieron para recordar viejos tiempos: resucitamos momentos indescriptibles, compartimos de nuevo esas risas que nos habían unido durante más de media vida, recordamos fiestas, viajes, frases que dijimos sin pensar. Por ello, las horas pasaron con mayor velocidad y su autobús llegó.
Metimos las maletas en el maletero del gran vehículo que me arrebataría a mi mejor amiga para siempre.
Tan vez viniera a visitarme en vacaciones, pero yo la quería todos los días de mi vida a sabiendas de que no podía ser así.
El conductor nos llamó la atención, pues no podíamos dejar de dedicarnos sencillas palabras. Las palabras más sencillas que dos personas pueden dedicarse. Las últimas palabras. Los últimos abrazos y besos en las mejillas mezclados con un salado sabor. El sabor de las lágrimas, aquellas que no pudimos aguantar.
En segundos, le dije lo mucho que la quería, le di las gracias por todo aquello que había hecho por mi. Le di las gracias por haberse quedado a mi lado bajo cualquier contexto. Le di las gracias, simplemente, por ser mi mejor amiga.
Le cogí de la mano, la presioné con fuerza y le deseé suerte de corazón. Ella sonrió, y me deseó exactamente lo mismo. Me soltó la mano, subiendo los peldaños del autobús. Con cada paso se llevaba los momentos más felices de mi vida, pero me alegré de que fuera así. Los mejores momentos de mi vida sólo podría conservarlos ella.
Se giró y me guiñó un ojo. Yo me eché hacia atrás, y las puertas del autobús se cerraron delante de mí.
No tardó en arrancar. El autobús desapareció, y con él mi sonrisa. Las lágrimas se hicieron más pesadas, pues estaba completamente sola. Ella se había ido, y entendí lo mucho que la quería. Lo mucho que ella había sido para mí. Tan sólo esperé que todo le fuese perfecto.
 
 
 
 
 
 
 
Sí, sabes que va por tí, Belén. Para cuando te vayas. Pero, realmente, seré feliz porque sé que tú lo serás también.
Posdata: Sólo vale soñar.

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